No le cabía otro sobrenombre.
Pesadilla era como Droopy, estaba en todas partes, uno no sabía de dónde venía o cómo había llegado, pero siempre estaba ahí.
Pero algo despertó mi alarma: un día, me dice "¿no me llevás hasta un lugar? Hay un tipo que me debe guita de un laburo que le hice, y bueno, me dijo que iba a estar ahora a la noche, si no le cobro hoy, no lo engancho más".
Yo comprendo esto. Sé que cuando alguien te debe guita, la hora de pago la pone él y no uno... Así que pregunto "¿Y dónde es?". Como toda respuesta, tiró un "seguí derecho por acá, yo te indico". Y la mina va, medio salame, derecho, y después dobla a la derecha, y después a la izquierda, y después de nuevo derecho, y después...
- ¿De qué trabajás? -inquirí (no era la primera vez...)
- Construcción. -Fue la seca respuesta.
Recién en el tercer "viaje para cobrar algo que me deben", dije Basta. Y que no iba a ir a ningún lado sin que me dijera antes la dirección exacta. Nunca más tuvo que ir a cobrar nada.
En el medio: mi cumple número 40. Ninguna pavada, sobre todo después de la historia de la que venía. El golpe del número redondo fue certero a mi cerebro: mi vida había perdido, ya, todo sentido.
Era un miércoles, y yo salía a las 21. Bajé las escaleras, como siempre, y ahí lo vi: con un regalo ENORME. Pero eso no fue todo. Se acercó, me dio un beso, y empezó el show: papel picado y "que los cumplas feliz, que los cumplas feliz..." mientras el hermano (o supuesto hermano, nunca lo sabré) filmaba toda la escena... y el regalo grande (una campera), y diversos regalitos...
De todas formas, la cosa era extraña (muy), y yo ya quería sacármelo de encima, sobre todo después de un par de escenas medio extrañas que, en el fondo, me asustaban bastante: para mí, el tipo era un psicópata. Pero sabía mis horarios de la facultad y dónde vivía, así que todos los días de cursada, a la salida, Pesadilla estaba ahí, en la puerta de Platón, el "bardenfrente". Siempre con un regalo: flores, zapatos, zapatillas, camisas, muñequitos... Un día no quise aceptar el regalo que me traía, y casi se pone a llorar. Y una es medio pelotuda. Y agarré el paquete, no lo abrí, y le dije que me iba sola, y que no quería ni un sólo regalo más.
Llegaron las vacaciones de invierno, y con ellas, mi "salvación": el cuatrimestre siguiente implicaría distintos horarios, por lo tanto no podría ir a buscarme. Mientras tanto, por teléfono, prometió poner una casa a mi nombre, con una única condición: que fuera a verla con él (!!!). No fui, por eso no soy propietaria de ningún bien a mi único nombre... :) :)
Comienzo de cuatrimestre: los horarios de cursada no coincidían con los del anterior, así que, tranqui... Hasta que, después de salir de una primera clase con, entre otros docentes, R. (sí, mediomelón), a las 21, no podía creer que Pesadilla estuviera ahí, plantadito como siempre enfrente de la facultad, en la puerta de Platón.
Por supuesto, pregunté cómo supo de mis horarios. "Estoy viniendo desde el lunes. En algún momento te iba a encontrar".
La cosa duró uno o dos meses más. No arreglábamos para salir, pero no había forma de evitar que fuera a buscarme a la salida...
Y Pesadilla fue el sobrenombre que le puso
Carina, una de mis hijitas postizas, al ver la insistencia del señor... Carina y Luciana (mi otra hijita postiza) iban conmigo hasta el auto, para tratar de espantarlo.
Claro que ya mis ojos estaban posados en otra persona, y poco a poco, la insistencia de Pesadilla (Matías, en realidad. Gracias Davu por hacerme acordar) fue cediendo hasta que un día, simplemente, dejó de venir y de llamarme...
Y continuará...